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lunes, 15 de febrero de 2010

"Junto a las piedras que nos han enmudecido"...

Qué raro: yo no pretendía hacer la meditación lunar hoy; y mucho menos, que me apareciera en un escenario similar al del vídeo de "Frozen", de Madonna.

Pero así ha surgido; esta mañana, antes de levantarme, no podía dormir. Me quedé quieta conmigo misma, intentando no pensar, no sentir, no ver nada. Pero entonces, precisamente, fue cuando empecé a ver las imágenes.

Bueno: me lo tomo como meditación de febrero, pues. No me apetece hacer otra.
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"15 de febrero de 2010.

Me veo suspendida completamente en el aire, como a metro y medio o dos metros de altura, absolutamente cubierta por una serie interminable de velos negros, transparentes, como si fuera una viuda. Estoy con los ojos cerrados, con las manos sobre el pecho, llorando y llorando desconsoladamente. No puedo dejar de llorar. La angustia, el dolor y la desesperación que guardo en mí provienen de siglos...

El horizonte es crepuscular, en tonos azules y grises. Estoy como en una especie de desierto de sal: puedo ver debajo de mis pies el suelo, completamente cubierto de costras de sal. Hay en el cielo una estrella encima de mi, muy, muy, muy brillante.

Entonces alzo los brazos al cielo, y empiezo a suplicarle con toda mi fe algo a la estrella... Empiezan a caer unas gotas como de rocío, de lluvia o más bien de nieve, que me cubren casi por completo, a mí y todo a mi alrededor. Pienso si será el famoso maná de la Biblia, porque esta especie de extraña lluvia, al caer sobre las costras de sal, se transforma en una especie de sustancia dorada, semilíquida, que sé que es comestible.

Intento coger al vuelo alguna de esas gotas doradas, pero pienso que son ínfimas para calmar el hambre y la sed que siento. Busco entre mis velos negros las tres semillas de huayruro, me las pongo en la mano, las miro profundamente entristecida, su color rojo y negro resalta brillante en el ambiente gris. Me llevo a la boca algo del "maná" que cae.., pero eso me da aún más sed, y más hambre.

Miro hacia abajo y me doy cuenta de que las gotas que caen de la estrella no son lo suficientemente fuertes para "fructificar" en ese suelo completamente lleno de sal.., porque es un desierto de sal. Veo que de hecho, intentan prosperar unos pequeños brotes verdes.., pero cuando tienen apenas tres centímetros de alto, se marchitan, se secan. Me echo a llorar otra vez desconsoladamente, al verlo.., porque sé que no va a haber nada que pueda crecer en ese desierto.

Entonces, de repente oigo un ruido atronador, como un rugido enorme. Miro hacia mi izquierda, todo parece temblar a mi alrededor. Entonces veo a lo lejos avanzar lo que parece una descomunal riada. Percibo al frente como una ola gigantesca, que avanza desde el horizonte. El avance de la ola provoca que a los laterales de la avenida de agua se formen como multitud de pequeños riachuelos, como venas azules en esa tierra baldía. Avanza, avanza la riada con una fuerza indestructible, como si mil caballos patearan, galopando brutalmente, sobre la llanura, que se llena de agua y se anega del todo. La ola pasa de largo por debajo de mí, llevándose toda la sal a su paso.

Diviso la llanura, ya completamente libre de costras de sal. Me doy cuenta de que los pequeños brotes han empezado a prosperar, y de que han ido dejando una leve capa de hierba verde sobre la tierra. Entonces empiezo a descender hacia el suelo: es la primera vez en todo este tiempo que mis pies tocan tierra. Saco las pequeñas semillas de huayruro y cavo un agujero en el suelo con mis dedos, con mis uñas, y las planto. Miro hacia el cielo, agradecida. Seco mis lágrimas, me quito el velo negro de la cabeza, y me doy cuenta de que la estrella no es una estrella: en realidad es el planeta Venus, que brilla con mucha fuerza en el cenit. En el cielo también, por debajo de Venus, diviso una V enorme, brillante, que parece de oro puro.


Al bajar la vista, me doy cuenta de que las tres semillas de huayruro han prosperado, curiosamente multiplicándose por mil, por millones. Ahora adoptan la forma de otra planta, y toda aquella tierra inhóspita aparece cubierta de campanillas chinas azules, que los japoneses llaman "kykio". En ese momento decido que no puedo seguir vestida de negro. Me quito todas las ropas, todos esos velos, y empiezo a buscar con qué cubrirme, pensando que necesito llevar ropas blancas. Pero no las encuentro: en su lugar me topo con unos velos de color rosa pálido, muy delicados. Me los pongo por encima, y entonces siento una enorme paz, una necesidad tremenda de descansar, de dormir, de estar en paz, de estar tranquila. Así que me tumbo sobre la hierba, me pongo en posición fetal, todavía vestida con esos velos de color rosa, y entre las flores azules me quedo completamente dormida".

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No sé por qué, al salir de esa meditación, en la que efectivamente me quedé un poco adormilada, vinieron a mi cabeza algunas de las frases de una conocida canción de Amaral, que se llama "Dile a la rabia":

"Dile a la rabia
que se quede en el camino
entre la niebla
y los ruidos de los coches.
Junto a las piedras
que nos han enmudecido.
Dile a la rabia
que se quede..."

Saludos.

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