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martes, 19 de abril de 2011

Violeta: las lágrimas de los dioses

Tiene un perfume intenso, pero no es tan fácil de encontrar como yo me creía... La menos llamativa es la silvestre, como éstas de la foto, que perdidas las saqué en algún escondido lugar de la sierra de Guadarrama (Madrid). Pero las salvajes son precisamente las preferidas por la industria farmacéutica.

La violeta común, violeta de olor o violeta dulce (Viola odorata) es una especie nativa de Europa y Asia, aunque también ha sido introducida en toda América. Se trata de una pequeña planta herbácea, sin tallo, con una raíz perenne y carnosa. Las flores son llamativas, olorosas, con un aroma dulce, solitarias, de color violeta oscuro, irregulares y con cinco pétalos, dos de los cuales son erectos. En ocasiones, podemos encontrar ejemplares con las flores absolutamente blancas.

Vive en jardines y, al natural, en bordes de bosques o en clareos... Las flores aparecen muy temprano, anticipando la primavera, y la floración finaliza un mes antes del verano.

Las violetas se han utilizado tradicionalmente en la perfumería y en la fabricación de licores. Las flores son utilizadas en afecciones respiratorias (como resfriados, gripes, bronquitis, faringitis o asma) y en problemas del aparato digestivo (como gastritis o úlcera). En dosis elevadas, sus propiedades son eméticas y ligeramente laxantes.

Dicen que soñar con violetas augura que podemos esperar en la vida ternura y amor. Según otros autores, estas flores simbolizan la espiritualidad religiosa, la purificación, la gentileza, el encanto y la tranquilidad. Se dice que el que sueña con violetas tiene un sentido profundo del ser íntimo, una gran facilidad para comprender a los demás, y una enorme intuición.

A consecuencia de su precoz floración, a las violetas se les han otorgado todo tipo de significadores mágicos y míticos... En Grecia, por ejemplo, se contaba que las violetas habían nacido de la sangre de Atis (el amante de la diosa Cibeles) cuando, en un acto de locura, se autocastró bajo un pino. En la antigua Roma, después de haber creado los dioses el invierno, de un soplo apartaron las nieves y la hierba comenzó a nacer, las aguas de los arrollos a correr, y el sol a salir entre las nubes. Ante este espectáculo, los dioses comenzaron a llorar de éxtasis y alegría, y dichas lágrimas cayeron sobre la tierra, brotando de ellas las violetas, que por eso son también llamadas "lágrimas de los dioses".

En la Edad Media, en el sur de Europa, era costumbre atar la primera violeta encontrada a un alto mástil y bailar a su alrededor para dar la bienvenida a la primavera. En la tradición cristiana también está presente esta flor, que San Bernardo llamó "la flor de la humildad", siendo adoptada como un símbolo más de la Virgen María, como representación suprema de la humildad en la tierra.

En aromaterapia, la esencia de violeta (extraída a partir de las flores frescas) se utiliza para las personas tímidas. Dicen que el espíritu de esta flor es profundamente delicado y sensible. Esta esencia se utiliza para personas que ansían compartir con los demás, pero tienen un profundo temor a sentirse absorbidos por el grupo. Las personas con esta tipología se sienten unidas a los demás interiormente, pero externamente se manifiestan de una manera fría y distante. La esencia ayuda a dejar de enfocar el alma en el miedo a perder el Yo, para pasar a que el Yo pueda fluir hacia los demás, y compartir esa profunda y exquisita sensibilidad, delicadeza y refinamiento que suelen poseer estos individuos.

Algunas recetas a base de violetas son:

- Jarabe para la tos: se hierven unos 100 gramos de flores frescas en un litro de agua unos 15 minutos como máximo. Se deja que repose y tras 12 horas se cuela el líquido, exprimiendo bien las flores, y añadiéndosele dos kilos de azúcar. Se deja reposar dos o tres días, y luego se puede guardar como jarabe. Si hay mucha tos, por ejemplo en niños, la dosis recomendada es una cucharada de jarabe cada dos horas.

- Cataplasma: para aliviar las hinchazones producidas por golpes y contusiones se prepara una cataplasma hecha con hojas de violeta frescas, hervidas en poca agua, para aplicar en caliente sobre la parte dolorida.

- Perfume de violetas: se extraen los pedúnculos (la cabezuela verde) de las flores frescas, y se desecan éstas rápidamente a la sombra. Se echa sobre una plancha de metal caliente, de las de cocinar, un poco de sal fina de mesa que, al secarse, se mezcla con los pétalos florales desmenuzados lo más posible. Todo esto se conserva en un frasco con tapón esmerilado, pero podemos utilizar este preparado para rellenar saquitos de papel o tela, y ponerlos en armarios, baños, entre la ropa, etc.

¡Un besote!

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