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miércoles, 11 de abril de 2012

Los Amantes de Teruel

























"Murieron como vivieron:
y como cuando vivían
uno por otro morían..,
uno por otro murieron”

(Juan de Tarsis, 1582-1622)


Hace ya unos días que quería escribir sobre esta historia, que seguramente muchos de vosotros conoceréis muy bien, y otros no tanto... La foto la tomé en el propio Mausoleo de los Amantes (Teruel), cuando fui a visitar la ciudad antes de Semana Santa. La tumba, de una factura preciosa a mi parecer, es obra de Juan de Ávalos.

Según la documentación que nos entregaron en la mismísima Fundación "Amantes de Teruel", que se encarga de gestionar, cuidar y explotar todo el entorno, bienes inmuebles y patrimonio relativo a este asunto, la historia de los Amantes procede de una antigua tración, posteriormente documentada. En los primeros años del siglo XIII viven, en la aragonesa ciudad de Teruel, Juan Diego de Marcilla e Isabel de Segura, cuya temprana amistad se convierte pronto en amor. Rechazado por la familia de ella, al carecer de bienes de fortuna por tratarse del hijo segundón, el pretendiente consigue un plazo de cinco años para enriquecerse, y así poder casarse al fin con Isabel.

Juan Diego parte a la guerra, y regresa a Teruel nada más expirar el plazo con el dinero... Pero entonces se encuentra con malas noticias: Isabel ya es esposa de un hermano del señor de la cercana población de Albarracín; ella ha consentido en casarse porque su propia familia la ha engañado y presionado, asegurándole que su amor ha muerto en la guerra. A pesar de todo, contra viento y marea consigue Juan Diego entrevistarse con Isabel en su casa, y como postrera prenda de su amor frustrado, le pide un último beso. Ella se lo niega, porque no puede entrar en contradición con el deber conyugal que ha contraído, y entonces él cae muerto a sus pies, doblegado por el dolor.

Al día siguiente se celebran los funerales por Juan Diego en la Iglesia de San Pedro, que actualmente forma parte del conjunto monumental que la Fundación permite visitar a los turistas... En medio de los actos litúrgicos, se acerca al féretro una mujer enlutada: es Isabel, que quiere dar al difunto el beso que le negó en vida. Así lo hace y finalmente, de forma misteriosa, cae fulminada junto al cadáver de Juan Diego.

En el año 1555 se descubrieron dos momias enterradas en la capilla de San Cosme y San Damián, en la propia iglesia de San Pedro... Según el testimonio posterior del notario que dio fe del asunto, Yagüe de Salas, apareció un documento antiguo que recogía el suceso de la muerte de ambos amantes en circustancias similares a las de la leyenda, que había sido recogida por el saber popular de generación en generación. Como en casi cualquier cosa en este planeta, el asunto ha resultado controvertido ("es cierto, no es cierto lo que se cuenta que sucedió", etc...). Por ejemplo, algunos estudiosos comentan que la historia se parece mucho a uno de los cuentos del "Decamerón", de Boccaccio (lectura que, por cierto, recomiendo fervientemente, os vais a entretener fijo), que es a su vez recopilación de una leyenda anterior. Sin embargo, otros aseguran que fue Boccaccio el que escribió esa parte de su obra, precisamente inspirándose en la leyenda turolense.

La historia de los Amantes de Teruel ha sido reescrita en más de 20 ocasiones por plumas tan prestigiosas como las de Tirso de Molina, que la han llevado a la poesía, a la novela y al teatro. El maestro Tomás Bretón la elevó a la dignidad de ópera, estrenándose en el Teatro Real de Madrid en 1889.

Se puede morir de amor, eso ténganlo por seguro, y por cierto que no se lo recomiendo... Me impresiona la entereza y el tesón del notario Yagüe de Salas, que se dedicó a bucear contra viento y marea entre los documentos antiguos hasta dar con el que afirmaba tajantemente que estas dos personas, al final, fueron enterradas juntas. Vamos, ¡que el buen señor no paró hasta documentarlo! El acto de Isabel, al morir junto a su amado, denota su voluntad de permanecer unidos, si no había podido ser en esta vida, sí en la muerte. Los cadáveres fueron desenterrados nuevamente el 13 de abril de 1619 (me acordaré de ellos este viernes), por parte de unos religiosos cuyas razones para tal exhumación nunca estuvieron del todo claras, y que por lo mismo fueron procesados, como se atestigua en las actas documentales del proceso.

En 1950, los Amantes fueron nuevamente desenterrados, y sus momias fueron colocadas en una tumba de alabastro blanco, que es la actual. El autor, Juan de Ávalos, representó magistralmente los rostros que imaginó para Juan Diego e Isabel, y en honor a su calvario amoroso en esta vida, los plasmó en piedra unidos de la mano, aunque tampoco en estas estatuas yacentes se llegan a tocar.

El estudio de ADN de las momias revela que ambas pertenecen a un hombre y una mujer que murieron a principios del siglo XIV, y por lo tanto no corresponden a la época en la que la tradición oral sitúa la leyenda... Pero también es posible que el "boca a boca" haya desvirtuado los acontecimientos, y que en vez de morir a principios del siglo XIII, el hecho sucediera a principios del XIV... Lo que sí se confirma es que los cuerpos pertenecían a dos personas jóvenes (22 y 20 años) de buena familia, y que desde luego fueron enterrados juntos. El equipo que se encargó del estudio fue el mismo que el del yacimiento de Atapuerca, así que su solvencia está garantizada.

La documentación histórica de Teruel identifica claramente a las familias de los Marcilla y de los Segura en la época en la que se presupone tuvo lugar el drama, pero hay datos que permiten afirmar que el joven se llamaba sólo Juan, y no Diego (este nombre sería más bien un apelativo añadido en siglos posteriores, al "literalizarse" la leyenda).

Leyenda literaria, o verdad histórica, lo cierto es que en el asunto de los Amantes de Teruel resuena profundamente, ahí escondido, un arquetipo poderosamente resiliente, ya que trasciende todo el drama, el dolor e incluso los componentes macabros del asunto: hablo de la idea del amor que perdura más allá de la muerte. Una, que con los años se está volviendo más prágmática, y menos dramática (me cargaría todo mi sistema cardíaco en una sola atacada, si no), se queda pensativa, mirando a esos dos cuerpos que, aún hoy en día, bajo sus representaciones en piedra, despiertan tanta curiosidad como morbo; pero en los ojos de las personas que visitaban junto a mi el Mausoleo pude leer también otras cosas, como profundo respeto y admiración, y hasta cierto tipo de veneración. En fin: muchas veces no sabemos lo que se esconde bajo la superficie de lo evidente, pero lo que sí que tengo claro es que hay que confiar, confiar con fuerza y sin flaquezas en lo que de mejor tiene la naturaleza de todos los seres humanos. ¡Dicen que el amor todo lo puede, y yo creo que es cierto!

Por cierto, si podéis, no dejéis de visitar Teruel, ¡es una ciudad preciosa, y su comarca también!

¡Besotes!

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