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jueves, 15 de octubre de 2015

La libélula sobre el sakura

Éramos demasiado prósperos y estábamos demasiado organizados... Suponíamos una amenaza cierta para el poder de los que nunca quisieron que los hombres fueran instruidos, fueran libres y fueran iguales.

... No éramos del todo conscientes de la fuerza con la que nuestra aniquilación habría de venírsenos encima.

Empero, tampoco éramos tan inocentes: estábamos bien armados, bien custodiados. Sabíamos que muchos deseaban nuestra caída, y por ello obramos en consecuencia. ¡No éramos unos ilusos! Las armas se ponían a punto cada día; los caballos siempre estaban listos; los vigías establecían turnos estrictos y constantes en los puestos; los hombres permanecían en forma y no se dejaban engañar por la aparente calma y el sosiego de los días dedicados al entrenamiento y al estudio.

Aún así, de nada nos valió.

De nada nos valió, porque estaban decididos a aniquilarnos.

A borrarnos de sobre la faz de la tierra: y así fue.

Hay gentes que aún hoy, aquí y ahora, detestan la idea de que todos, absolutamente todos los hombres, nacemos libres y somos iguales. Escamotean su debilidad bajo la servidumbre de las jerarquías. Pero no hay mayor mentira que la autoridad que se impone por la fuerza. Nosotros comprendíamos lo que es el respeto, lo que es el deber. La dignidad debida a los mayores nos era transmitida por los ancianos más sabios, y desde que teníamos conocimiento de lo que significaba llevar un arma, nos ayudaban a comprender la responsabilidad que representa y la ética de abogar, siempre que sea posible, por el más débil.

Incluso le debíamos y le debemos al enemigo y al honor la posibilidad de retirarse si no quería llegar al punto de entablar, por fin, batalla...

Pero ya digo: de nada nos sirvió.

La Rueda del Karma giró en aquel momento en nuestra contra, quién sabe por qué. Toda nuestra filosofía no nos valió. No nos valió nuestra maestría con las armas, porque eran cientos, miles: demasiados para cualquiera. Una fuerza aplastante.., una invasión descomunal se apoderó de nuestros muros y de nuestra casa. Corrió la sangre como tan sólo sucede cuando el odio es demasiado profundo, demasiado abismal e irreconciliable. No se respetó a nadie.., excepto a aquellos que, como yo mismo, simplemente fuimos tratados y utilizados como botín de guerra, y tuvimos la suerte (o la desgracia) de sobrevivir.

... Hace pocos días pregunté a la Rueda del Karma.., y por virtud del amor y del equilibrio, me contestó que ya el tiempo era cumplido.

No me fío demasiado, desde aquel tiempo (claro está), de ciertas "órdenes" religiosas... No me fio especialmente de aquellos que enarbolan sus doctrinas como lanzas, o que tratan de someter a sus hermanos por obra y gracia de su aparente "superioridad moral". Nada hay de superior en un hombre que mira a otro hombre por encima del hombro. La pureza de espíritu no tiene nada que ver con el ascetismo; ni la virtud con los títulos de nobleza, ni con recibir iniciaciones o prebendas de parte de ningún monasterio. La evolución del espíritu es, en muchas ocasiones, indistinta e incluso divergente de la maestría con una espada. Cada hombre muestra su currículum en esta vida de una forma clara y precisa para todo aquel que quiera tomarse la molestia de observarlo: basta con mirar atentamente sus obras, es algo diáfano.

De nada sirve ser recto si no se es compasivo. De nada sirve llevar rosario si el corazón no reza como es debido a la infinita benevolencia universal. De nada sirve ostentar un hábito, un título, un rango o una dignidad cualquiera.., si no se sabe perdonar.

Sin perdón ninguno, sin misericordia, pasasteis a sangre y fuego por encima de nosotros como una maldición bíblica, como el estallido de un volcán, como una tormenta... El objetivo era simple: borrarnos para siempre del escenario; no dejar piedra sobre piedra de todo aquello que habíamos construido, que habíamos amado.., de todo aquello en lo que habíamos creído.

Y cualquiera diría que en aquella ocasión lo conseguisteis.

Pero la Justicia puede esperar cuatrocientos.., o mil años. La Justicia Cósmica no es una hoz brillante y terrible que se cierne sobre las almas de los seres humanos vía karma, como creen y predican algunos: no. Es algo mucho más perfecto, mucho más hermoso, mucho más grande. Simplemente, obra por la Gracia y opera de forma absolutamente imparcial. Nivela los desequilibrios producidos en el tejido de la Eternidad cuando hace falta.., de forma absolutamente aséptica y natural. Ahora bien: este proceso puede llegar a acelerarse, en nuestra apariencia ilusoria del tiempo, por la intervención de algo, o de alguien, que ruegue con el corazón abierto para que dicho reajuste tenga lugar en el "aquí" y el "ahora".

Y ese alguien, amados hermanos, no ha sido otro que el que porta la libélula sobre el sakura...

Ese alguien, amados hermanos, he sido yo.