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martes, 11 de noviembre de 2014

Las tres sincronías

Llevaba un ratito ya sin escribir en el blog, y es que, como ya comenté en otra ocasión, octubre ha sido un mes complicado, y noviembre también promete... Pero ayer tuve una especie de "revelación" que, por ser larga y extensa, no quería compartir a través de las redes sociales.

No sé cómo lo hace el resto de la gente, la verdad. Exceptuando lo que me cuentan de viva voz mis clientes, no tengo ni idea de cómo percibe, vivencia o experimenta el grueso de la población el mundo espiritual. Yo sé lo que me pasa a mi, lo que le pasa a las personas que más o menos me acompañan en este camino tan, tan particular.., y lo que me cuentan mis clientes y/o amigos cuando quieren y pueden. Nada más.

Como asevero a menudo, la verdad es que no tengo, ni de lejos, todas las respuestas...

Insisto: no sé cómo lo experimenta el resto de la Humanidad. En mi caso, lo tengo más que claro, diáfano: cuando me desoriento, cuando pierdo el norte, cuando creo que ya no voy a poder más con todo, pido ayuda. Así, simplemente y sin demasiada retórica. Pido ayuda al Todo o a Dios, como le queráis llamar.., pero también a los maestros espirituales que me han traspasado este legado y a mis guías. Incluso en ocasiones he podido constatar que me han prestado asistencia los guías de otras personas, lo cual es el colmo de los colmos. Y por si todo ello fuera poco, otras veces me doy cuenta de que los que me ayudan no son más que mis propios compañeros de ruta.., eso sí, enmascarados bajo la forma (¿o quizá debiera decir manifestándose verdaderamente?) de su propio Ser Superior.

En fin, da igual, pero el caso es que yo imploro.., y se me escucha.

¡Siempre! No hay una sola vez en que lo haya hecho que no haya recibido asistencia... Y realmente, ¡ay de mi, si no hubiera contado con esa asistencia! Porque hay labores titánicas que las fuerzas de una sola persona, de una sola mente humana, no puede acometer.

El caso es que ayer pedí ayuda... Más que nada porque casi siempre estoy preocupada por la justicia o no de mis actos. A lo mejor es obsesión.., o a lo mejor es que, de tanto trabajar con el tema del karma, me comprometo con la idea de la justicia en exceso. Nunca se sabe cuándo uno está pasándose, y cuándo uno no llega: es dificilísimo llegar a encontrar siempre el punto medio. Estaba preocupada por la justicia y por la orientación que tenía que dar a determinado asunto.., y no entendía por qué me sentía tan, tan mal, y cuáles eran las realidades problemáticas que subyacían a tal estado en mi interior.

Es curioso cómo funcionan las sincronías... En el devenir de nuestro camino aquí, en la Tierra, existe una poderosa y maravillosa herramienta que podemos usar: la sincronía o sincronicidad. Se trata de una especie de ocurrencia simultánea de eventos que corresponden a un mismo sentido, sin que haya entre ellos relación de causa y efecto. ¡Y normalmente, la cosa funciona!

La verdad es que ayer experimenté nada menos que cuatro sincronías... Pero por motivos personales, una de ellas no la puedo contar en público (ni siquiera en privado). De ahí el título del post de hoy.

Venía conduciendo en dirección a casa, con muchas ansias de llegar porque tenía frío y quería ver a mi chico ya... El caso es que me metí en mi calle como una tromba, con la música a toda potencia y un exceso de energía rebosándome a flor de piel.., hasta que me di cuenta de que la mitad de la calle estaba ocupada por el de siempre a esas horas: por el camión de la basura.

Lo primero que se me vino a la cabeza es "qué fastidio"... Básicamente, porque como te pille en una calle estrecha y larga como la mía el camión de la basura, ya puedes armarte de paciencia. Luego rectifiqué mi pensamiento, e inmediatamente se me vino a la cabeza lo que podía ser nuestro barrio si los basureros no pasaran todas las veces que pasan por aquí. Así que me conformé (a medias).

Y digo a medias porque entonces me sobrevino una idea: estaba en una posición en la que podía "colarme" perfectamente por su izquierda, y haciendo una maniobra no demasiado peligrosa, sobrepasarle y adelantarle para no tirarme esperando media hora a que terminara con todos los cubos de basura de la colonia. Vi perfectamente el movimiento: lo calibré, noté que era posible, me animé.., pero en el último momento tuve una serie de dudas. ¿Y si no había calculado bien, y si me quedaba con el coche atrapado, obligada a dar marcha atrás hasta el punto de origen? ¡Qué verguenza sentí sólo de pensarlo! Y ese pensamiento estúpido y traicionero ocupó el suficiente espacio de tiempo en mi cabeza como para que el camión terminara con los primeros cubos de la calle, y se situara en una posición en la que ya me iba a resultar imposible rebasarlo.

Y entonces tuve el flash.., la primera sincronía se reveló en mi cerebro, y oí mi propia voz diciéndome desde dentro: "Tu verguenza ante el fracaso te impide llevar adelante tus planes en la vida con el éxito de que eres capaz".

Me quedé un poco fascinada porque lo veía muy claro en mi interior... Como si de Pedro el apóstol, o de Pablo de Tarso me tratara, había recibido una información muy, muy importante, de la forma aparentemente más tonta, imprevista y absurda. ¡Pero era tan, tan importante aquella conclusión a la que yo había llegado, casi sin querer, que la anoté sin dudarlo en mi agenda mental!

Efectivamente: mi temor y mi verguenza ante la posibilidad de un fracaso es lo que me impide muchas veces tomar la iniciativa.

Así que permanecí con toda la paciencia del mundo detrás del camión de la basura (ya no quedaba otro remedio); aunque me moría de hambre y de ganas de llegar a casa, no proferí ni pensé ningún gruñido, ningún lamento. Pero cuando el camión ya iba por el sexto conjunto de cubos de basura del barrio, me vino como una luz poderosa al centro mismo de mi frente.., se me abrió el entendimiento, y tuve la segunda revelación o sincronía (como lo prefiráis), que rezaba así:

"Muchas veces, lo que te impide llegar fácilmente y rápido a tu destino, es la basura de los demás".

Me encogí hasta físicamente, porque un escalofrío me recorrió el cuerpo de pies a cabeza. ¡Era, es cierto! No soy capaz de parar cuando empiezo a intentar trascender, quemar, transmutar el karma o, simplemente, los problemas ajenos. ¡No tengo medida! Como si se me fuera la vida en ello, da la sensación de que estuviera obligada a responder a cada nueva exigencia de mi prójimo en este sentido esté donde esté, sea a la hora que sea el requerimiento, y en algunas ocasiones con una fuerza y  compromiso que roza ya lo masoquista. ¡Las basuras ajenas! Me di cuenta de que lo que interpretaba siempre como mandatos internos podían no ser sino proyecciones muy elaboradas de mi propio Ego y que, al igual que en el caso anterior (el exceso de verguenza puede provenir de un exceso de inseguridad.., pero también de un exceso de ego) el problema era mío, y no de los demás.

Un poco alucinada por las conclusiones a las que estaba llegando, avancé lentamente con el coche, hasta que el camión (¡por fin!) se apartó lo suficiente como para dejarme entrar en la calle sin salida que hay al lado de mi casa, y en la cual a esas horas a lo mejor (y sólo a lo mejor) con un poco de suerte es posible encontrar aparcamiento... ¡Y lo había!.., un sitio minúsculo, pero en el que con algo de habilidad y pericia cabía el auto perfectamente. Me dirigí allí.., cuando un perrito minúsculo, que parecía todavía más desorientado que yo, se me cruzó por delante. Frené en seco, asustada: detrás del perrito apareció un anciano, que me miró con cara de pocos amigos y cruzó también por delante haciéndole señas al perro, que no tenía mucha intención de moverse. Inmediatamente sentí un profundo respeto y como algo místico en mi interior, que me movió a la compasión por la aparición de esos dos seres tan, tan vulnerables... Y tanto fue mi arrobamiento, que inexplicablemente avancé, dejando el sitio libre para una señora que venía detrás de mi y que, obviamente, aparcó su coche en cuanto yo le dejé espacio. Cuando di la vuelta a la calle para salir por el mismo sitio, evidentemente ya no había ningún espacio disponible, y tuve que irme a aparcar a tomar vientos con mi coche.

Y en ese momento en el que me sentí, por otra parte, estúpida a más no poder, experimenté la tercera y última sincronía y/o revelación. De nuevo, una voz muy potente, clara y serena desde mi interior, me alertó diciendo: "Procura que la compasión por todos los seres vivos, que tan claramente sientes, no te impida hacerte cargo con tranquilidad y perspicacia de lo que a ti te conviene y te interesa".

O algo así.

Digamos que me lo he tomado muy en serio... Digamos que, a veces, una se desorienta.., pero que con modestia y voluntad, es posible volver a encontrarse más rápidamente de lo que cualquiera podría imaginar...

Eso sí, en mi caso es tan rápido porque cuento con la ayuda de la parte espiritual que gobierna todas nuestras vidas. ¡Esa inestimable mano tendida con la que todos contamos, si queremos hacerla caso!

Oh, sí; digamos que estas tres revelaciones eran lo que llevaba ya mucho tiempo pidiendo y esperando. ¡Así que esta vez no volveré a ignorarlas, por mi bien y el de aquellos que me aman!


2 comentarios:

Leonor dijo...

Muy interesante Fatima para meditar y aplicar en nuestras vidas. Enhorabuena y gracias por compartirlo. un abrazo.

fatima martin alonso dijo...

Me alegro muchísimo de que te guste, hermosa! Un abrazo fuerte desde la Luz!