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miércoles, 13 de febrero de 2013

Relaciones laborales: hacia un nuevo paradigma

























No quiero dar la sensación de que me paso de lista, pero llevo años, AÑOS diciendo lo mismo con referencia al trabajo y a las relaciones laborales.

Hay mucha gente que cree que esto del trabajo es, efectivamente, una maldición bíblica. Desde que a no sé qué mente preclara se le ocurrió la feliz idea de proclamar aquello de "ganarás el pan con el sudor de tu frente", han sido miríadas de incontables incautos los que han caído en tal falacia absolutamente prescindible.

Es cierto que trabajar cansa (como diría una amiga mía, si divirtiera la gente pagaría por ir a trabajar, y no al revés XDXD); que hay que esforzarse día a día; que hay que tener dedicación al trabajo de una forma constante y responsable, y tal: todo eso es cierto. Pero en los 20 años que llevo trabajando, tengo que reconocer que he visto de todo y para todos los gustos. Tengo que decir que he pronosticado (con acierto, lo siento mucho, y juro que no soy gafe) la caída de muchas empresillas/empresujas/empresuelas del tres al cuarto. Tengo que reconocer que soy un poco escéptica con referencia a las "bondades" del tejido empresarial español (en su gran mayoría). Y he de admitir, con franqueza, que considero llegada la hora de cambiar de escenario, de paradigma y de opinión personal.

Me da la risa floja cuando oigo alguna vez hablar de la productividad, de la excelencia, de la conciliación de la vida laboral y familiar... Sin militar en ningún sindicato (no me gustan las macroorganizaciones de ningún tipo: desconfío de todas ellas), la verdad es que tengo que reconocer que llevo todo este tiempo proclamando las bondades de la racionalización de las relaciones laborales a todos los niveles. He tratado de convencer a mis eventuales superiores, jefes y directores varios de que ellos iban a ser los primeros en beneficiarse de una forma de trabajar más inteligente y humana.., sin éxito alguno, por supuesto. Pareciera que en el trabajo sólo cabe una forma de relación: comer o ser comido, aplastar o ser aplastado, competir o desaparecer. No estoy de acuerdo con todo eso, sé que hay otros mundos y que están en éste, y estoy convencida de que las empresas que apuestan por la flexibilidad, a la par que el rigor en la productividad, el cuidado de sus empleados, la formación continua, y una buena política de incentivos, están mucho, mucho más cerca del éxito que aquellas formas de relación laboral anticuadas, basadas en un organigrama demasiado inflexible, y donde se prima el miedo y el poder por encima de la inteligencia y el diálogo.

Ay señor... Me gustaría olvidar todo lo que he visto, pero a menos que me lobotomicen, soy incapaz. Además, en estos tiempos que corren, donde la famosa e inventada "crisis" ha venido a despertarnos del letargo invernal en el que estábamos todos absortos, pareciera que las condiciones de trabajo se recruden, que prima cada día más la tontería que la razón, el miedo que la confianza, el abuso frente a la cordialidad y el "buen hacer", y el despropósito frente a la organización, el rigor y el trabajo "real".., ¡no por mucho madrugar amanece más temprano!

Pero nada: muchos siguen haciéndose los sordos, los ciegos y, lo que es peor, los tontos a la evidencia. Ellos a su rollo: que si España tiene una muy baja productividad; que si lo que hay que hacer es reducir los salarios, disminuir los servicios, quitar personal, incrementar las horas de trabajo, etc, etc, etc... No me voy a extender porque ya estamos hartos de oír los mismos mantrams todo el santo día desde los nuevos púlpitos del pueblo.., aquellos que proclaman sus divisas supuestamente incuestionables desde los medios de comunicación de masas.

Es mentira: nos llevan a un abismo del que va a ser muy difícil salir, y lo peor de todo es que muchos de ellos lo saben. Otros no: he tenido el dudoso privilegio de tener que laborar con una muy numerosa casta de botarates, empresarios del tres al cuarto como digo, que no tenían ni idea (lo siento mucho, pero es así) de lo que estaban haciendo. No sé qué tipo de tontería es la que se les ha instalado en el ánimo durante tanto tiempo, y pienso que, en muchísimos casos, realmente se creen que sus formas de trabajo, sus métodos coercitivos, y sus organigramas inflexibles, repletos de relaciones laborales basadas en el miedo, en el poder y en el inmovilismo, valen para algo realmente.

Sin embargo, el boom de Internet (ámbito en el que llevo trabajando desde el principio, desde que terminé la carrera), y sobre todo el gran desarrollo tecnológico de los años 90, están promoviendo la consolidación de un nuevo paradigma social que afecta, como no podía ser menos, también a las relaciones laborales... Señores: el trabajo se está volviendo más, mucho más flexible. El uso de Internet se ha generalizado como herramienta de trabajo, y el desarrollo de todos los dispositivos asistentes personales, y últimamente, del teléfono móvil y de las aplicaciones para trabajar desde cualquier dispositivo, han incrementado sobremanera las posibilidades del teletrabajo, así como del número de profesionales que se apuntan a este nuevo sistema.

La falsamente conocida como "crisis económica" (porque no es eso, se trata de otra cosa) sin duda está favoreciendo de forma inusitada este "boom". Pero todavía queda mucho por hacer, sobre todo en Europa (el Viejo Continente pareciera que nunca, nunca tiene prisa). Mientras Estados Unidos y Gran Bretaña nos toman la delantera ampliamente en esta forma de trabajo, nosotros seguimos con la vista puesta en un empleo de largo desarrollo, estable y para toda la vida, con jornadas maratonianas de 40 (o más, muchas más) horas semanales. Aproximadamente, se calcula que tan sólo un 6% de personas teletrabajan en la Unión Europea.., mientras que en Estados Unidos, su número se incrementa exponencialmente cada año.

¿Qué pasa en Europa, pues? Quizá que los empresarios del Viejo Mundo creen que el teletrabajo fomenta la pérdida del control de los trabajadores por parte de las empresas. ¡Craso error! Todavía recuerdo a un empresario para el que trabajé, que nos hacía firmar un parte en papel para controlar el número de horas que pasábamos en la oficina (atentos, el número de horas, ¡no nuestra productividad!). Cuando le sugerí colocar una máquina de fichar en la puerta, para que se dejara de historias ridículas, se negó rotundamente (es evidente por qué: hubiera salido perdiendo, ya que entonces hubiéramos hecho justamente las horas estipuladas en contrato, en vez de salir todos los días después de las siete y media de la tarde, como él pretendía). Todavía hoy, dos años después de aquello, sigo viendo como muchos de mis clientes (hombres y mujeres de éxito, con una profesión consolidada y puestos que en muchos casos son de gran prestigio) siguen sufriendo la lacra de los horarios interminables, del acoso de sus superiores, de las implicaciones laborales que jamás se acaban, ni siquiera el fin de semana, y de los turnos maratonianos. ¿A qué estamos jugando, me pregunto yo?

Al contrario de lo que normalmente se cree, numerosos estudios confirman que el teletrabajo genera empleados mucho más productivos, contentos y eficaces. Además, las empresas pueden beneficiarse del gran ahorro de costes que esta forma de trabajo supone. ¡Y está demostrado que la productividad aumenta! Cómo podría ser de otro modo, al tener a gente más relajada, más centrada, que no ha perdido su valioso tiempo en inútiles y costosos desplazamientos. Por no hablar de los que se animan a montárselo por su cuenta, los profesionales independientes y autónomos, que se ahorran de esta forma el enorme coste adicional de mantener una oficina y que, de esta forma, pueden ajustar su presupuesto y tenerlo controlado, para que no se despendole.

En fin, lo dicho: las crisis son para eso, para reinventarse. Que me lo digan a mi, que pasé la crisis de los cuarenta cuando tan sólo tenía 35, y ahora no soy ni la sombra de lo que fui (en el buen sentido de la frase, por supuesto). Tengo mis esperanzas puestas en que a este sistema le ocurra algo similar, que nos dejemos de tonterías con las relaciones laborales obsoletas, y que la razón, la lógica y el sentido común empiecen a escalar puestos, en vez de tanta tontería junta como se oye por ahí.

¡Saludos a todos los trabajadores y trabajadoras que me estáis leyendo actualmente!

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