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jueves, 16 de junio de 2011

Barriendo impurezas- cuento tibetano

Este viejo cuento tibetano, que me han enviado desde el blog de Suzanne Powell, me ha parecido tan hermoso que no he tenido más remedio que postearlo inmediatamente.

A partir de ahora, cuando alguien me pregunte cuál es mi especialidad, le diré que intento convertirme en una especialista en "barrer impurezas"...

¡Ójala llegara yo algún día al estado de conciencia de este monje!

¡Besotes!
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"Barriendo impurezas - Cuento tibetano -

Cuentan que un hombre mayor, que había recorrido años y kilómetros en la búsqueda del camino espiritual, se topó un día con un monasterio perdido en las montañas...

Al llegar allí, tocó a la puerta y pidió a los monjes que le permitieran quedarse a vivir en ese lugar para recibir enseñanzas espirituales.

El hombre era analfabeto, muy poco ilustrado, y los monjes se dieron cuenta de que ni siquiera podía leer los textos sagrados, pero al verlo tan motivado decidieron aceptarlo.

Los monjes comenzaron a darle, sin embargo, tareas que, en un principio, no parecían muy espirituales...

-”Te encargarás de barrer el claustro todos los días” -le dijeron.

El hombre estaba feliz. Al menos, pensó, podría reconfortarse con el silencio reinante en el lugar y disfrutar de la paz del monasterio, lejos del mundanal ruido.

Pasaron los meses, y en el rostro del anciano comenzaron a dibujarse rasgos más serenos; se lo veía contento, con una expresión luminosa en el rostro y mucha calma.

Los monjes se dieron cuenta de que el hombre estaba evolucionando en la senda de la paz espiritual de una manera notable.

Un día le preguntaron: "¿Puedes decirnos qué práctica sigues para hallar sosiego y tener tanta paz interior?".

"- Nada en especial. Todos los días, con mucho amor, barro el patio lo mejor que puedo. Y, al hacerlo, siento que barro de mí todas las impurezas de mi corazón, borro los malos sentimientos y elimino totalmente la suciedad de mi alma".

De este modo el anciano se fue tornando un ejemplo para los monjes, quienes comenzaron a admirarlo y a ofrecerle tareas más importantes, pero el hombre prefirió seguir barriendo sus impurezas.

Y cuentan que un día, su corazón quedó tan limpio y puro que despertó a la Conciencia Universal, y aún así, continuó barriendo".

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"Hay dos maneras de difundir la luz: ser la lámpara que la emite, o el espejo que la refleja". Lin Yutang.

Publicado por Suzanne Powell aquí

1 comentario:

Corsario Sideral dijo...

Hermoso...

Gracias por compartirlo, querida hermanita...

Besotes!