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miércoles, 10 de marzo de 2010

El ceñidor de seda

En clase de yoga, la profesora puso ayer música japonesa... Sin intención de ver nada, de oír nada, de entrar en nada, comencé a ver, a oír y a sentir, y terminé llorando a mares.

Empezamos a meditar (siempre acaban así estas clases de yoga kundalini) y de nuevo volví a aquella época, a aquel lugar. Me gustaría visitar Japón, si puedo.., antes de que se lo traguen las aguas o vaya usted a saber le ocurra qué.

Trataré de "poetizar" las imágenes de esta meditación espontánea, para hacerla un poco más llevadera y comprensible para los que me lean.

Abracitos...

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"Él era joven, aunque no tanto... Unos 25 años.., pero ya un hombre porque en esa época había que madurar rápido.., y quizá también, como es el caso, que morir pronto.

Él era joven.., y ese día parecía melancólico.

Estaba en un campo de algún cereal de grano pequeño y color dorado... No era trigo, ni cebada. Al atardecer, solía pasear por ese ese cultivo porque le gustaba sentir la caricia de los altos tallos maduros que se combaban a su alrededor, mientras atravesaba el sembrado. Sentía el fru-fru de unos pantalones anchos que llevaba, muy cómodos. Las botas apenas hacían ruido sobre la tierra.

Caminó hacia la forteleza. Maderas, todo muy medieval. Hombres por todos los lados, frenética actividad. Muchas banderas en lo alto del castillo o de lo que fuera, construido con troncos. A los pies, en pleno campo, tiendas, cabañas, enseres de todo tipo. Entonces la vio a ella.., con ese rostro terso, dulce, sereno y triste como la luna. Unos ojos interminables repletos de agua. Ojos de lágrimas remansadas y de incomprensión por la dureza de la vida.

Él se sintió absolutamente embargado por un amor potente, casi adolescente y sincero. Con la bravura de los amores de los primeros años de la vida, aquellos que flamean como incandescentes llamas en la penumbra de la realidad gris.

No era un amor romántico.., era una pasión vívida y sincera.

Se sentó bajo la lona de un pabellón y tomó papel y una caña. Empezó a trazar los primeros versos de un poema. La vio darse la vuelta, cargada con dos cubos enormes de agua con los que apenas podía subir la cuesta. Camino de su encierro.

Trató de concentrarse en el trazo de los negros símbolos.., recordó.

Ahora pensaba en él: fuerte, duro, valiente e inmanejable como un maldito demonio. Le evocaba cabalgando o paseando entre los hombres, dando órdenes como el que está acostumbrado a mandar y a que le obedezcan. Podía delinear perfectamente la mueca rota y sinietra de su peligrosa sonrisa. Podía oír su voz, burlándose, haciendo bromas duras sobre cosas en las que prefería no pensar. Sus ojos.., eran penentrantes, enmarcados por un arco superciliar muy prominente. Ojos que se ponían casi acerados cuando estaban llenos de cólera.

Sabía que había querido cambiarlo en múltiples ocasiones. Le admiraba, pero a la vez le detestaba. Porque no podía soportar su forma de tratar a la gente.

Era inútil: él jamás cambiaría. Y el joven lo sabía de sobra.

Supe que el hombre le había regalado al joven algo parecido a un fajín.., como un ceñidor de seda con motivos vegetales. Lo llevaba puesto con orgullo.., era difícil sustraerse al sentimiento de amistad.., pero también al de pánico por el peligro que representaba aquel hombre, y por la cólera que le embargaba porque no había más remedio que hacer siempre su santa voluntad.

Vi muchas.., muchas imágenes rápidas de bromas, de camaraderías, de veladas nocturnas en sitios y circustancias no muy recomendables; de borracheras, de gritos y de canciones obscenas a la luz de la luna, cuyos ecos pude escuchar perfectamente.

También vi que el joven, en ocasiones y cuando sentía el alma demasiado pesada, se marchaba a cabalgar a galope tendido, solo, por el campo, y permanecía horas y horas completamente ausente... El otro hombre no gustaba tanto de cabalgar como él; alguna vez dijo que los caballos eran bestias indomables y que no se podía confiar del todo en ellos, porque también tenían una fuerte voluntad.., como algunos hombres.

Luego vi el hermoso ceñidor de seda lleno de gotas de sangre, y una espada curva clavada en la tierra, y supe que el joven había muerto.

Y también supe que toda esta rabia, toda esta cólera enorme contenida que guardo en mi pecho y que ninguna meditación, técnica, ejercicio ni contención había podido acallar hasta ahora, proviene de un cabreo monumental que aún me enerva contra aquel hombre.

¿Por qué tuviste que quitarle la vida tan pronto? ¿Por qué tuviste la osadía de ejercer el poder supremo, disponiendo de su preciada vida, aún tan joven, y sin permiso?

Ahora ya no soy capaz de renunciar a la espada. ¿Es que no lo entiendes?

No me pidas que renuncie a mi espada.., porque no lo haré.

No permitiré que vuelvas a hacer lo mismo otra vez, aunque sea lo último que haga en esta vida.

No puedo permitirlo.

Hoy que Marte en Cáncer se pone directo, te lo digo. Tengo una poderosa deuda para con mi persona.

Tenemos que terminar ya con esto".

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Lo siento: tenía que escribirlo.

Tenía que escribirlo porque así son las cosas y porque hoy quiero empapelar con esta sensación sombría de melancolía y tristeza las paredes vacías de ésta mi solitaria casa.

Nuevamente.., estoy llorando.

1 comentario:

Yuuko Emeraude Greengold dijo...

Hermoso... :)

Son los momentos duros los que nos hacen grandes... y el pasado siempre pide mucho ho'oponopono

Read you! :)