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miércoles, 17 de marzo de 2010

Dos cuentos zen

Hoy les he prometido a algunos de vosotros publicar dos breves cuentos zen, que posteo a continuación... Ayer no me dio tiempo a escribir nada en el blog, pero hoy ya es otra cosa :-)

Son dos narraciones cortitas que tratan sobre el cuidado en la valoración que hacemos acerca de nosotros mismos, y también sobre otro tipo de cuidado: el que debemos tener para que nuestro estado de ánimo sea el correcto, el apropiado, el verdaderamente compasivo, amoroso y eficaz. Los dos cuentos se titulan, respectivamente, "Los dos lobos" y "El anillo".

Dejo a vuestra discrección el valorar la sabiduría (o no) de estos dos cuentecillos breves... ¡Un saludote y un abrazo!
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"Un viejo estaba hablando con su nieto y le decía:

- Me siento como si tuviera dos lobos peleando en mi corazón. Uno de los dos es un lobo enojado, violento y vengador. El otro está lleno de amor y compasión.

El nieto preguntó:

- Abuelo, dime, ¿cuál de los dos lobos ganará la pelea en tu corazón?

El abuelo contestó:

- Aquel a quien yo alimente
".

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"Un buen día, un joven monje de un monasterio zen se acercó apesadumbrado a su maestro:

- Maestro, me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Mis condiscípulos y los otros monjes me dicen que no sirvo, que no hago bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

El maestro, sin mirarlo, le dijo:

- Cuánto lo siento, muchacho, no puedo ayudarte: debo resolver primero mi propio problema. Quizá después...- y haciendo una pausa, pensativo, agregó- aunque tal vez, si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver mi problema con más rapidez, y posiblemente después ya te pueda ayudar.

- Encantado, maestro- titubeó el joven.., aunque se sintió de nuevo desvalorizado y con sus necesidades postergadas.

- Bien- asintió el maestro, que se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda, el cual entregó al muchacho-, toma el caballo que está ahí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo una deuda pendiente que tengo urgentemente que pagar. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes, en todo caso, menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó al pueblo, comenzó a ofrecer su anillo a todos los mercaderes. Éstos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el pequeño monje mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban la espalda, y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de aquel anillo. En su afán por ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata, e incluso un cacharro de cobre a cambio, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, y rechazó la oferta.

Después de ofrecer la joya a toda persona que se cruzaba en el mercado, abatido por su fracaso montó en su caballo y regresó. Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro... Podría entonces habérsela entregado a su maestro para liberarlo de su preocupación, y recibir entonces su consejo y su ayuda. Entró a la habitación donde el viejo monje le esperaba:

- Maestro- dijo-, lo siento: no es posible conseguir lo que me pediste. Quizá pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.

- Qué importante eso que dijiste, joven amigo- contestó sonriente el maestro-, porque debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo, y pregúntale cuánto da por él. Pero no importa lo que te ofrezca, no se lo vendas. Vuelve después aquí con mi anillo.

El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz de su candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:

- Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.

- ¿¿58 monedas??

- Sí- replicó el joyero-. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero si la venta es tan urgente...

El joven monje corrió emocionado al monasterio para contar a su maestro lo sucedido.

- Siéntate- dijo el maestro después de escucharlo- Tú eres como este anillo: una joya valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?

Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda".

5 comentarios:

Ana.Rematxa dijo...

Qué al hilo de lo que comentabamos ayer por mail!! este segundo cuento...

Qué bonito Andrómeda!!

Andrómeda72 dijo...

¿A que sí, hermosa?

A ver si tengo tiempo de responderte a esos correos, que estoy hasta arriba, y nos ponemos al día. También te comento lo de la esmeralda, qué pasada, jajaja.

¡Un besote wapísima mía!

Corsario Sideral dijo...

Querida Andrómeda...

Muchas gracias por estas preciosa historias. Menudo interés que tiene para mí todo esto ahora...

Y sí, estaré tranquilo. Cosas del retorno que pa' qué te cuento...:)

Pero sabes? Yo mismo me he prometido salir de esta porque el Ricardo con el que conversabas por esta mañana, no es el de siempre.

Muchas gracias, queridísima Andrómeda...

Anónimo dijo...

Me encantó el 2º ... guau

Andrómeda72 dijo...

Me alegro que os hayan gustado.., ¡y espero que nos sirvan.., a tod@s!

Un abrazo.