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jueves, 23 de julio de 2009

Caminando por el Alto Atlas IV-I

Sí, sí: la del pañuelo soy yo. Para que veáis que no sólo me dedico a vagar por los mundos de Yuppy.., también acampo en algo muy parecido al portal de Belén.

¡XDDD!

Veamos: antes de nada, aclarar que, cuando hablaba de la consideración antigua sobre el tiempo de influencia de un eclipse, quería decir "horas" en vez de "minutos". Esto es: se consideraba que duraría en años tantas horas como durase en la práctica.

Una vez subsanado este "gazapo", pasamos a lo que interesa: mis impresiones sobre la ruta que seguimos hace apenas un mes y medio alrededor del Toubkal, entre las bellas y fascinantes cumbres del Alto Atlas marroquí.
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En pleno macizo del Alto Atlas se encuentra el Lago de Ifni, del que recelan los propios beréberes al creerlo encantado por Djinns (literalmente "genios") o espíritus... Bueno: si esto es así, servidora ya debe andar muy, muy embrujada, puesto que me metí a bañarme directamente en sus aguas. Adoro el agua en sus múltiples manifestaciones, y es raro que no me sumerja en cuanto tengo la más mínima oportunidad (y si no lo hago, malo: eso es que estoy "tocada" por un motivo u otro).

Existen referencias históricas que aseguran que, en 1194, el Lago de Ifni ocupaba el triple de su tamaño actual. Se sitúa a más de 3000 metros de altitud sobre el nivel del mar, escoltado por impresionantes farallones que da la impresión de que pretendieran esconderlo de miradas indiscretas. Se comenta que, hasta la actualidad, nadie ha llegado al fondo del lago. Los beréberes del la zona suelen ir una vez al año para celebrar una fiesta, en la cual sacrifican algunos animales y dan de comer a todos los visitantes. Esta celebración se atribuye, según algunos lugareños, a que en la zona vivió un santo; según otros, a la existencia de un pez gigante en el lago hasta el año 1831; y aún según otros, a que el lago daba el agua a toda la zona durante todo el año.

Cuando partimos rumbo al lago, todavía con el buen sabor de boca que nos había dejado nuestra estancia en Amsouzart, sabíamos que esta jornada iba a ser la más corta de todo el trekking. Por eso mismo nos dedicamos a remolonear por todas las aldeas que iban surgiendo a nuestro paso. El calor se había incrementado bastante, y a pesar de la altitud, procurábamos ir bien cubiertos. Hasta tal punto, que no cogí prácticamente nada de color, no me puse morena, ni siquiera de rostro.

Íbamos despertando la alegre curiosidad de la infinita cantidad de críos que nos salían al paso continuamente. Los mayores nos miraban con una pizca de condescendencia, pero siempre se mantenían correctísimos y amables. Mis compañeros estaban fascinados por los niños (hasta yo, que soy más adusta en ese sentido, eché mano a la mochila de José Manuel para obsequiarles con unos cuantos caramelos). Es incoveniente dar dinero a los niños en esta zona, porque luego se acostumbran mal y pueden, incluso, tener problemas entre ellos y con los adultos. Es mucho mejor obsequiarles con cosas que uno pueda llevar a propósito: bolígrafos, caramelos, pequeñas baratijas, gorras, incluso camisetas (las de fútbol son muy apreciadas :-). No me parece ético dar dinero a los niños por hacerles fotos.

Debajo de un extenso grupo de nogales que hacían disminuir considerablemente la temperatura ambiente, Ibrahim decidió que era la hora del té. Nos sentimos aliviados porque, aunque la ruta era corta, teníamos que salvar todo el desnivel prácticamente de una atacada, y el sol empezaba a comportarse de forma más bien inclemente. Así que nos regocijamos de poder descansar (aunque acabábamos de salir) antes de acometer la tremebunda cuesta. Comer pan mojado en aceite de oliva a eso de las 11 de la mañana, tomarse dos (o tres, o cuatro) tés con hierbabuena, mientras uno conversa (o trata de conversar) con los lugareños, incluido el buen señor del puesto que parecía que acababa de salir del staff de "extras" de Lawrence de Arabia, bueno.., es mucho más atractivo que subir cuesta arriba por una empinada y polvorienta vía.

Mientras hacíamos fotos a las cabras y a los niños, que en el Alto Atlas alcanzan una simbiosis desconocida para nosotros, los urbanitas, nos fijamos en que las niñas no estaban en el colegio, y los más pequeños, tampoco. Con apenas 8 años, estas crías ya saben todo lo referente al trabajo diario: eso de recoger hierba fresca y cargar haces y haces sobre sus espaldas, y sobre todo, el cuidado que requiere llevar a cuestas a sus pequeños hermanitos. Ibrahim, todo orgulloso, nos comentó algo que no entendíamos: la legislación marroquí había dejado de considerar obligatorio el ingreso en la escuela a edades tempranas. Para nosotros esto es terrible, un auténtico un atraso, pero evidentemente, ellos no debían considerarlo así, por alguna razón que aún no conseguimos comprender.

Ahí fue donde me encapriché de un velo beréber, que también utilizan los tuareg habitualmente, y que yo creo que venden en todos los puestos habidos y por haber por todo lo largo y ancho de Marruecos. Ibrahim, como habéis podido ver en las fotos, llevaba siempre uno de color negro. El mío, apto para turistas "chorras", es de color azul índigo, y efectivamente, como me aconsejó el buen hombre del puesto, no destiñe, al contrario que otros, con el sudor. De otra manera, uno puede encontrarse con la cara y la cabeza completamente teñida de azul. De hecho, la denominación de "hombres azules" que se les da a los tuareg, yo creo que es más bien porque siempre van desteñidos, que por el color azul de sus ropajes XDDDD. Ibrahim me enseñó cómo se colocaba el turbante beréber, aunque la primera vez que lo hice más bien parecía un turbante hindú, que uno marroquí, ¡juas!

En cuanto empezamos a subir, nos dimos cuenta de que la cuesta nos iba a resultar más dura de lo que habíamos pensado. Es cierto que a mí el velo me quitaba prácticamente todo el calor de encima, pero aún así, la subida por aquellas morrenas glaciares interminables casi parecía un calvario. Me puse en el modo "meditativo montañés": esto es, entro en estado alfa sin necesidad de poner los ojos en blanco, me olvido de que estoy andando, muevo las piernas y respiro rítmicamente con la mente absolutamente plana, y hala, ¡a subir! Las más terribles jornadas las suelo hacer así, sin hablar, horas y horas en esta especie de trance autoimpuesto.

Cuando llegamos a lo alto de todas las morrenas glaciares, pudimos observar una panorámica de las agujas pétreas impresionante: un conglomerado de lajas rojas y negras que parecían casi un ejército de soldados, los cuales hubieran sido convertidos en mineral por la acción de una moderna Medusa de mirada fascinadora... Avanzamos con cuidado entre pináculos hirientes, admirando los fantásticos farallones que guarnecían el lago de Ifni y, por fin, nos hicimos una foto en lo alto, con el lago al fondo, que nos pareció como una joya preciosa escondida en medio de estas inmensas soledades.

Seguiré contando las maravillas de este viaje a lo largo de más semanas. Mientras tanto, os envío desde aquí...

¡Muchos besotes!

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