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viernes, 26 de junio de 2009

Saga de Astrea 30 (II)- fanfic Caballeros del Zodíaco

Ayer fue uno de los pocos días en que no pude escribir nada en el blog. Sencillamente, no podía: me sentía demasiado confusa. Es complicado estar siempre al pie del cañón. Ayer lo comenté, a la noche: me siento como el alcaide de una fortaleza repleta de mujeres y niños, asediada por multitud de enemigos, y no puedo, ¡NO PUEDO! rendir la plaza. Es una sensación curiosa.., y angustiosa a la vez.

Sé que todo se resolverá. Pero aún falta tiempo. ¡O quizá no tanto!

Os ofrezco la nueva entrega de Astrea, que ya sé que muchos de vosotros estáis esperando hoy, porque me lo habéis dicho... Extrañamente, encuentro que la mayoría de la gente me comenta a través del mail, en vez de escribir a los comentarios del blog. ¡Curioso! Os ofrezco la parte dos del capítulo 30, que lo escribí demasiado largo. Con el viejo Docko de Libra al frente, en la foto, presidiendo el sarao.

¡Buen finde a todas y a todos!

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"El verdadero practicante debe ser un soldado que combate incesantemente contra sus enemigos interiores".
Tenzin Gyatso, Dalai Lama XVI.

"- Las llamas de las Casas del Carnero y del Toro se han extinguido- comentó reflexivo Shion de Aries, mirando al reloj que brillaba débilmente en la oscuridad, ya tan sólo con 10 de sus 12 candelas encendidas- Incluso la de Géminis pronto se desvanecerá, sin duda alguna.

La risa ahogada del anciano Docko resonó débilmente.

- Quizá a tus valientes guerreros les espere una sorpresa en esa Casa III, Shion. Y luego, después, en la IV.., Casa de la Muerte, como está escrito en la tradición.., en ella, probablemente encuentren el camino de vuelta para su verdadero hogar. ¿No crees que puede ser así, mi viejo amigo? Aunque los muertos se pierdan y regresen a este mundo, no tienen a dónde ir.., excepto al mundo de la Muerte, como es lógico.
- ¿Te parece apropiado un comentario semejante, Docko?- Shion parecía muy tranquilo, pero su voz era dura, muy dura- Al fin y al cabo, todos vosotros os uniréis a esas huestes de cadáveres muy pronto.

El anciano no respondió.

- De todos los Caballeros que pelearon junto con Atenea en la Guerra Santa anterior, Docko, tan sólo nosotros dos sobrevivimos, ¿recuerdas? Pero esta batalla será más larga, e incluso más brutal.

Shion dio algunos pasos por delante del viejo, lentos y deliberados.

- Al parecer nadie sobrevivirá en esta ocasión; lo que parece seguro, por lo que sé, es que todos los Caballeros desaparecerán. No quedará ninguno para custodiar a la encarnación viviente de la Diosa Atenea. Y los primeros en morir serán los Caballeros Dorados, que defienden las 12 Casas.
- Estás completamente loco- respondió Docko de Libra-, pero si ésa es la voluntad de los dioses, entonces, ¡que así sea!

Un viento helado e infernal barrió el atrio clásico, de una belleza sobria y elegante, que adornaba con sus columnas estriadas la entrada de la Casa Primera… Aquellos dos seres, que se vigilaban intensamente pero apenas hacían ningún movimiento, parecían también dos estatuas antiguas que, por algún capricho del destino, hubieran vuelto inexplicablemente a la vida. Desde la noche de los tiempos, esas dos energías encarnadas se mantenían así, enfrentadas, unidas por un lazo indestructible, por un equilibrio siempre precario y siempre presente. Un eje diabólico para someter a dos colosos, para unir a dos amigos incondicionales, para enfrentar a dos enemigos irreconciliables: Docko y Shion.

El viejo de los Cinco Picos, que miraba a su oponente con expresión impenetrable, alzó de repente sus huesudas manos, como repletas de enmaderados sarmientos, y adoptó una posición de ataque:

- ¿Estás preparado?
- Listo, Docko- respondió el Espectro de Shion, sin mayores ceremonias.

Y la deflagración se produjo. Un choque de energía, de voluntades, de esencias en su estado más puro, primigenio, original. Tremenda confrontación, que alteró el curso mismo de las órbitas celestiales. La fuerza agresiva emitida por aquellos dos seres, que encarnaban los principios esenciales de las constelaciones a cuya emanación se remitían, colapsó frente a frente, de forma absolutamente brutal. Las estrellas, expectantes como joyas diamantinas en el cielo nocturno, se estremecieron. El estruendo fue ensordecedor, los relámpagos que brotaron en medio de aquel campo de batalla hubieran fundido el hierro si lo hubiesen tocado. Ambos mantuvieron su posición durante unos minutos, inmóviles, conteniendo a duras penas la fuerza inmensa del oponente, a la vez que lanzaban, apremiantes, su propia esencia poderosa y telúrica. Un auténtico duelo de titanes: la Batalla de los Mil Días, como ellos mismos la denominaban. Una pelea arquetípica, intensa, cargada del profundo significado que el cosmos entero sabía, y que sólo algunos mortales podían, someramente, llegar a comprender, aunque sólo fuera en superficie.

El Santuario entero tembló hasta sus cimientos cuando Shion, haciendo un esfuerzo, proyectó aún más su energía cósmica sobre el frágil anciano. Docko se desestabilizó y retrocedió. Su sombrero chino, que ocultaba la vejez y la fragilidad de su cráneo pelado, voló por los aires.

- La pelea ha terminado- rió entonces el Espectro, irguiéndose en todo el esplendor de su poderío magnífico.
- Qué dices…- Docko jadeaba, agotado por el esfuerzo. No podía darse por vencido sin más.
- Pensé que una guerra de Mil Días sería inevitable si peleábamos entre nosotros... Antes, nuestro poder era completamente idéntico, y hasta complementario. No había forma de saber quién era el más fuerte.., pero creo que el paso de 243 años ha determinado quién es el ganador ahora, mi viejo Docko.
- No me digas…- el Caballero de Libra sonrió con desprecio.

Y ambos volvieron a enfrentarse… Terremotos intensos sacudieron todo el recinto, y la luz que generaba su pelea, el resplandor inmenso que brotaba de la manifestación de aquellos poderes desatados, iluminó tanto la noche como las Doce Casas. Todos los que se encontraban cerca en aquellos momentos pudieron ver brotar llamas del suelo: auténticas emisiones de energía cósmica que, una y otra vez, producían una deflagración inconcebible. En un momento dado, Docko volvió a perder terreno, y salió despedido por los aires. Se levantó del suelo con una rapidez inusitada, teniendo en cuenta su avanzada edad.., pero era más que evidente que empezaba a parecer desbordado por la potentísima y brutal energía del Espectro de su oponente.
- Has envejecido demasiado mientras vigilabas el Sello con el que Atenea encerró a los 108 Espectros, Docko... Ya no tienes ni por asomo el mismo poder de antes. Yo, en cambio, aún soy joven, y se lo debo al dios Hades. Tengo un cuerpo invencible, ¡y la misma fuerza de antaño!- el organismo de Shion despedía una intensa luz violeta mientras hablaba en estos términos… Su energía vital ardía con una violencia dramática.

Docko volvió a ponerse en guardia. Shion, lanzando un largo y bronco grito para concentrar todo el poder de su ataque, le envió una andanada poderosa. El anciano aguantó unos segundos, pero la fuerza del Espectro no cedía: antes bien, era enviada hacia fuera, se exteriorizaba directamente sobre el corazón de su oponente, sin tregua, sin descanso alguno. Esta vez, el estallido fue algo más que brutal. Docko se elevó unos 10 metros sobre el suelo y cayó de bruces, estrellándose contra el pavimento. La deflagración había adquirido proporciones atómicas. El anciano quedó en silencio, sin moverse, boca abajo, mientras la luminosidad ocasionada por las violentas emisiones energéticas se esparcía por todo el Santuario, y acababa perdiéndose en la nada, en el olvido.., retornando al mismo Cosmos de donde provenía.

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Shiryu se detuvo un instante, desorientado… Su breve encuentro con Ikki y las duras palabras que habían cruzado no habían resultado suficientes, no obstante, para desestabilizar su ánimo, ya de por sí habitualmente firme y templado.... Pero le parecía extraño que nadie le saliera al paso para enfrentarle. Percibía muy bien peleas, enfrentamientos y dolor dentro de los límites del Santuario, en diferentes escenarios sin duda... Su ceguera, en definitiva, había incrementado exponencialmente su percepción extrasensorial.

- Noto una gran presencia maligna.., un poder enorme. Y también, en forma como de latidos en mis entrañas, la fuerza menguante de mi maestro, Docko. Está bastante cerca. Espero que se encuentre a salvo. Apenas me es posible captar la esencia de su frágil cosmos, casi totalmente aplastado por la energía vital de ese otro ser malévolo.

El viento agitó la larga y sedosa cabellera negra del Dragón. Un viento seco y frío, que se le antojó demasiado fúnebre.

- No hay tiempo que perder- se animó a sí mismo- Debo encontrar a Seiya. Ikki me dio una pista.., no sé si voluntaria, o involuntariamente. Temo que quizá Pegaso se haya encontrado con problemas.

Dio dos o tres saltos rapidísimos, cayendo varios metros más allá. El Dragón no veía, pero percibía el mundo con un perfecto sexto sentido interior, que le permitía combatir, valerse por sí mismo, captar las distancias y guiarse perfectamente. En aquel momento, cuando tomaba tierra por cuarta vez, percibió una presencia muy conocida con total claridad.

- ¡Seiya! ¡Seiya!- gritó a pleno pulmón.

Nadie le respondió.

- ¡Seiya!- volvió a exclamar, angustiado.

Efectivamente, muy cerca de allí yacía su amigo, el Caballero de Bronce de Pegaso, en tierra, al lado de la caja de bronce que portaba su armadura, y que aún no había tenido siquiera la oportunidad de abrir. Seiya movió una mano al oír su llamada, gimió, intentó doblar las rodillas y se desplomó de nuevo en el suelo. El Dragón acudió en su auxilio lo más rápido que pudo, mientras el compañero se daba la vuelta y quedaba de espaldas, mirando al cielo con los ojos muy abiertos.

- Ahhhhh.., ¿dónde estoy? Agh, ya veo: éste es el Coliseo donde gané la batalla por mi armadura. Re.., reconozco este lugar.
- ¡Seiya!- Shiryu se arrodilló a su lado, solícito- ¿Por qué estás aquí?

El Pegaso se incorporó, haciendo acopio de todas las fuerzas que le quedaban. Pareció aturdido.., pero enseguida la nube que cubría sus ojos castaños se desveló, y éstos se abrieron de par en par, como las pupilas claras de un niño.

- ¡Fue Mu! Ahora lo recuerdo… Él.., él les engañó. Me teletransportó aquí para salvarme la vida.
- ¿Qué?

Pegaso alzó la vista y miró a su amigo y compañero de hito en hito.

- Shiryu.., pero tú.., ¿cómo pudiste saber dónde estaba?

El Dragón bajó el rostro. No quería preocupar a Seiya ni demostrar su aflicción, pero era inevitable. Se tomó su tiempo antes de responder, mientras se levantaba del lado de Pegaso y se sacudía el polvo, como queriendo ganar tiempo:

- Ikki.., me lo dijo.
- ¿Ikki? Oh, ¡estupendo! ¡Eso es extraordinario! Con Ikki de nuestra parte, nuestras fuerzas se duplicarán- Seiya parecía resplandecer de dicha por la satisfacción que le producía el contar con el apoyo de un viejo amigo y aliado.

Shiryu guardó silencio.

- ¿Qué pasa? ¿Dónde está? ¿No habéis venido juntos?
- Ikki.., no se nos unirá- contestó por fin el Dragón, con la cabeza gacha.
- ¿Qué?
- Dijo que no tiene sentido que peleemos de nuevo, y pretendía hacerme regresar.
- ¿Qué dices?- Seiya pasó rápidamente de la risa a la cólera- ¡No puede ser que él piense así!

El Dragón no tenía ni el más mínimo interés en discutir o debatir aquello… Sabía muy bien lo que había oído de los propios labios del Fénix, y no le parecía oportuno derrochar más energías en pos de algo imposible. El Pegaso, confundido, apretaba los puños y movía la cabeza negativamente. No era capaz de asumir algo tan contradictorio para su escala de valores.

- ¿Recuerdas hace tiempo?- le preguntó Shiryu, con su voz cálida y suave, de matices conmovedores- El reloj de fuego también estaba encendido, como ahora; y como ahora igualmente, nosotros combatíamos por la misma causa en el mismo escenario, en este mismo lugar. Todos nosotros…

Seiya alzó la vista hacia arriba. Una inmensa estatua de la diosa Atenea dominaba, con su espectacular tamaño, las vistas del Santuario. Era monumental, prácticamente un coloso. Estaba forjada en adusto hierro, metal de guerreros y de luchadores; vestía un peplos griego, ajustado con un ceñidor bajo el busto. La mano izquierda de la estatua descansaba sobre el escudo de la diosa, la Égida, apoyado en el suelo.., aquel escudo sobre el que se había labrado el terrible perfil asesino de la Cabeza de la Medusa. En la mano derecha, sostenía en alto otra pequeña figura alada: Niké, la Victoria. Un recio peto de escamas de hierro cubría completamente el pecho de la estatua que, con su mirada serena, parecía desplegar toda su protección sobre aquel recinto sagrado. Los ojos, eternamente abiertos, puros, honestos, resaltaban más si cabe bajo la sombra nocturna que proporcionaba a sus facciones el espectacular casco de guerra de la diosa.

- Así es- Seiya pareció conmoverse profundamente. Aún no se levantaba del suelo: permanecía sentado, con la vista fija en el pavimento- Recuerdo que también peleábamos por la causa de Atenea entonces- el muchacho temblaba ligeramente, como si estuviera aterido. El viento era demasiado frío para haber estado mucho tiempo expuesto a su inclemencia, inconsciente.

Shiryu guardaba silencio. Era raro que él se manifestara de forma provocadora, hostil o excesivamente emocional. Consideraba que el carácter visceral de su amigo ya era suficiente como para animar cualquier situación que se presentara.

- ¡Ikki!- exclamó Seiya de repente, sin poder controlarse y apretando los puños- ¡Eres un cobarde! ¡Será mejor que nos olvidemos de él!- el Pegaso alzaba la voz cada vez más, dejándose llevar por la ira.
- Te equivocas- el Dragón le frenó en seco y a propósito- Si no se nos ha unido, no es porque tenga miedo. Ikki apenas conoce ese sentimiento. Seiya, tú mejor que nadie sabes que no es un cobarde.
- Shiryu, ¿de qué estás hablando? ¿No te das cuenta de que él trató de forzarte a abandonar el Santuario?
- ¿Y acaso Mu no lo intentó también contigo?- el Dragón sonreía abiertamente.
- ¡Pero…!
- Seiya: no debemos intentar sacar conclusiones ahora- Shiryu levantó ambas manos, un ademán conciliador- Probablemente, nos equivocaríamos. Ya averiguaremos lo que está ocurriendo más adelante.
- Ah, sí, sí, claro: ¡muy bien!- Pegaso imprimió a su voz un profundo matiz de sorna y desprecio no disimulado- ¡Estupendo! Sólo espero que estés en lo cierto.

El amigo rió breve y suavemente... Pero enseguida recuperó su acostumbrada gravedad: aquella gravedad firme y dulce que solía calmar siempre los ánimos en el momento preciso.

- No nos desviemos de nuestro propósito: hay que intentar llegar junto a Saori, y tenemos que prepararnos para enfrentarnos a nuestros enemigos.
- ¡Je! Todos esos traidores que escaparon de los Infiernos no son contrincantes para nosotros. Shiryu, ¡en marcha!- concluyó el muchacho, sonriente. Se había levantado rápidamente y puesto a la espalda la caja con su armadura, y ahora aparecía radiante, convencido, lleno de fe y de confianza.
- Mmmm- contestó el Dragón, por toda respuesta; pero le siguió, aunque más despacio.

Desde una colina cercana, una sombra penetraba en los misterios de la oscuridad con sus ojos preñados de fuego y sentimiento... Era Ikki, el Caballero del Fénix. Él amaba las sombras y la noche.., y además tenía buena vista, y también buen oído.

- Amistad…- masculló entre dientes- Bah…

La luna brilló un momento entre las terribles nubes de tormenta que se habían fraguado, como sudarios de fantasmas ignominiosos, en aquel cielo que ya no se movía. Sólo el viento: tan sólo el viento parecía tener vida, una vez más, y era capaz de desplazar aquellas nubes tanto como algunos retazos de polvo entre las columnas, las construcciones, los espacios abiertos del recinto sagrado... Ikki, abrigado por esa oscuridad que tanto adoraba, levantó la vista hacia la luna de plata. En ese momento se estremeció violentamente; emitió un gemido ahogado, y sus ojos reflejaron a la vez pánico y pesadumbre.

- ¡Shun! ¿También tú?"

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