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jueves, 30 de abril de 2009

Saga de Astrea 25- fanfic Caballeros del Zodíaco

Lo blando es más fuerte que lo duro; el agua es más fuerte que la roca, el amor es más fuerte que la violencia”.
Hermann Hesse
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Vagando entre tinieblas, el Dragón caminaba, no obstante, con absoluta seguridad por el Santuario… Comprendía que algo perturbaba profundamente al mundo una vez más, y estaba resuelto a hacerle frente. Era como un mandato interno, que seguía con total convicción. Sumido en sus profundos pensamientos, dispuesto a combatir, a llegar hasta el final para averiguar qué había conmovido el frágil equilibrio de la existencia, Shiryu había llegado ya muy lejos… Sin embargo, no sabía realmente dónde se encontraba.

En un momento dado, le pareció sentir la fuerza vital, poderosa y enérgica, de su maestro, el viejo Docko. Muy cerca, muy cerca: daba la sensación de que casi podía tocarle con las manos. ¡Pero eso era algo inconcebible! Y Shiryu únicamente prestaba atención a certezas. El reino de la fantasía no le era familiar, y acababa confundiéndolo... Docko había desaparecido de los 5 Picos sin una explicación, después de tantos años de entrenamiento... Alguna buena razón debía tener, sin duda. Pero, ¿en el Santuario, tan lejos de casa? Si Shiryu se hubiera dejado llevar por su intuición, probablemente hubiera descubierto muchas cosas.., pero se negaba. Estaba ciego, y quizá precisamente por eso seguía necesitando aferrarse a lo empírico, a las recomendaciones tranquilizadoras de sus propios razonamientos... Es posible que también, por eso mismo, ahora no hiciera más que dar vueltas y vueltas por el interior del Santuario, solitario, sin toparse con ningún alma viviente.

“No comprendo por qué no me ha detenido Mu. Él debería permanecer en la Primera Casa, y yo tengo que haber pasado por allí. ¡Debo llevar horas caminando! Tengo que reconocer que he perdido la noción del tiempo”.

Shiryu se detuvo de repente, expectante... Sintió perfectamente, ahora sí, una presencia familiar: la densa oscuridad de un alma atormentada que conocía muy bien. Esa pasión, ese fuego negro que parecía arder consumiéndose a sí mismo, eternamente... El viento azotaba su larga cabellera, negrísima como las alas de un cuervo místico. Se puso en guardia instintivamente, y alzó su voz profunda, bella, de matices cálidos y serenos; la mano derecha adelantada, presta al golpe, como las garras imbatibles de un Dragón del Cielo:

- ¿Eres tú?

Escuchó unos pasos lentos, deliberados, sin prisa.

- Shiryu: regresa a los Cinco Picos.
- ¡Ikki! Te siento como si me estuvieras enfrentando…
- Atenea nos ha ordenado permanecer lejos de este Santuario. Dijo que perderíamos la vida en caso de seguir aquí.
- Pero eso no tiene ningún sentido; seguramente, es muy posible que…
- Los Caballeros de Bronce somos inútiles ya, Shiryu- le interrumpió el otro bruscamente- Un estorbo. Eso es lo que la Diosa piensa de nosotros.

Shiryu vaciló, impresionado por aquellas palabras. Sin embargo, tardó muy poco en reponerse. El Dragón no se asustaba con facilidad, y había tomado una decisión.

- Tienes que comprender que no puedo abandonarla, Ikki, y tú eres un Caballero: también es tu deber pelear por ella.

El aparecido miraba a Shiryu intensamente, con unos ojos grises como puñales recién bruñidos. Parecía más viejo que los demás Caballeros de Bronce, mucho más fuerte, más alto, y su sola presencia imponía respeto. Una advertencia no escrita en ningún lado emanaba de su persona, y rezaba “no te atrevas a acercarte demasiado”.

- ¿Aún no has comprendido que nunca estoy de parte de nadie?
- ¿Qué dices, Ikki?- el Dragón no concebía aquello. Le parecía la negación de un compromiso, de la promesa más sagrada y solemne. Cuando Shiryu empeñaba su palabra, lo hacía hasta el final. Fuerte sin ser rígido; suave sin ser frágil; cálido sin ser vulnerable- Entonces, ¿por qué estás aquí?
- Observo interesado lo que ocurre… Esta Guerra Santa, al parecer, será la última.

Shiryu se quedó estupefacto, pero reaccionó rápidamente, y esa reacción consistió en lanzarse de frente contra su interlocutor, para golpearlo... Sin embargo, el otro esquivó limpiamente su puño, sin mayores problemas. Aprovechando la inercia del ataque, Ikki agarró al Dragón por el cuello de su vestimenta, y prácticamente lo alzó en vilo. Sonreía y le miraba divertido, como si pretendiera penetrar, sin más, en su alma.

- ¿No te parece que estás algo obsesionado con tu pertenencia a la noble Orden de Atenea?
Shiryu, encolerizado, no contestó; pero apretó los dientes con fiereza, al sentirse incapaz de librarse de aquella presa.

- ¿Esto es todo lo que tienes en la vida? ¿Esta pelea continua, este sacrificio inútil y constante? ¿Entregar toda una existencia, toda tu juventud gloriosa, a las ávidas fauces de la renuncia y el dolor? ¿Por qué, Shiryu? ¿Quién te ordena seguir con todo esto?

El Dragón se zafó a duras penas de las manos de su oponente, y se irguió totalmente, en toda su estatura, para enfrentar a Ikki.

- Te equivocas: nadie me obliga. Nadie pudo obligarme nunca.
- ¿Entonces?
- Es mi decisión: por Atenea, por la Humanidad vulnerable que la Diosa protege, por mis amigos, por mí mismo… Por todos aquellos a los que alguna vez he amado.

Ikki empezó a estremecerse… Primero, suavemente, emitió una risa ahogada, apenas perceptible; pero luego, echó atrás la cabeza para reír con fuerza. Parecía no poder contenerse. Shiryu se abalanzó nuevamente sobre él, pero su oponente lo golpeó con fuerza, y lo lanzó varios metros más allá de donde se encontraban.

- Me parece muy bien. ¿Y con quién pretendes combatir en ese estado? Tu presencia aquí no tiene sentido. Eres un inválido, Shiryu. ¿Por qué te empeñas en negar la evidencia? Estás condenado de antemano.

El Dragón, tembloroso pero firme, se alzó del suelo. No vaciló ni un segundo su valiente corazón.

- ¿Que yo no tengo ninguna razón para estar aquí? Puede que incluso no sea por mí, Ikki. Pero sin embargo, permaneceré, por respeto a mis amigos. ¡Por amistad!- Y Shiryu, el Dragón de los Cinco Picos, alzó su mano, esta vez la izquierda. Todo su ser pareció arder, encenderse con una luminosidad acuosa, estelar, como una llama inextinguible. Ikki, por fin, bajo la mirada: esa mirada cruel y lacerante que adornaba su adusto rostro.

- Sin embargo, yo.., yo sólo quiero protegeros a todos- musitó.

Shiryu escuchó perfectamente, sin embargo, aquellas palabras, pronunciadas como a regañadientes... Su reciente ceguera le había agudizado considerablemente el sentido del oído.

- ¿Qué has dicho?- inmediatamente se calmó, y como la tempestad que pierde fuerza, así se apagó aquella llamarada intensa que surgía de su cuerpo.

Pero Ikki no era proclive al sentimentalismo.

- Hace poco pasó otro iluso como tú por aquí... Creo que iba derechito.., rumbo al Infierno.
- ¡Seiya!- exclamó preocupado el Dragón, absolutamente convencido de que a su amigo, el Caballero de Pegaso, le había ocurrido algo grave.
Ikki se dio media vuelta y empezó a alejarse.

- ¡Espera!-gritó Shiryu- ¡Espérame, Ikki! ¡Únete a nosotros!
- Te lo repetiré una vez más, Dragón: yo no estoy de parte de nadie.

Y tal y como había aparecido, desapareció entre las oscuras sombras del Santuario... Shiryu dejó pronto de percibir su presencia. Una presencia que inspiraba respeto, pero no amor; que emanaba fuerza, pero no fortaleza; que parecía el reflejo de una sombra.

… El reflejo de una sombra en un espejo que proyectaba la nada…

Y sin embargo, ahora el que sonrió fue Shiryu: ni siquiera Ikki, con toda su energía, con todo su poder, con toda su crueldad, había sido capaz de hacerle desistir.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

haber si haces uno inspirado en los seis mundos de shaka; para que te inspires busca en el youtube "los sesi mundos restantes" o "los seis mundos ikki versus shaka"

Anónimo dijo...

Ummm: pues es una idea.., sí que lo voy a buscar, a ver qué me encuentro. También tengo la idea de poder poner todos los capítulos juntos, anónimo, en vez de dispersos por el blog, ya que publico cada viernes. Pero eso será, espero, cuando pueda tener mi propia página web.

¡Saludos!

Andrómeda.