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miércoles, 3 de diciembre de 2008

Saga de Astrea 10-fanficCaballeros del Zodíaco

Cuando empecé a escribir este fanfic, obviamente me inspiraba fundamentalmente en la saga nipona "Los Caballeros del Zodíaco".., pero ahora que empiezo a releer lo que escribí, no dejo de sorprenderme.

No dejo de hacerlo, porque me doy cuenta de que muchas de las ideas que expreso siempre (también en este fanfic) estuvieron siempre en mi alma, desde tan antiguo que no lo recuerdo. Esas conexiones extrañas entre Lemuria, entre el mundo mediterráneo, entre el Oriente y el Occidente, Creta, el mar, las civilizaciones desaparecidas, las mitologías de todo el planeta.., la extraña tierra de Mu. Quizá, incluso, la Atlántida... El Tíbet. Algunos lugares de Sudamérica. Jajaja: ostento un batiburrillo cerebral importante. No sé bien lo que percibo o qué curso van a llevar mis ideas. Pero todo es fascinante.

Estoy leyendo un libro ahora, llamado "Lemuria y Atlántida", precisamente. La editorial es Llewellyn, y la autora, Shirley Andrews. Lo encontré en la biblioteca del mismo centro donde estudio reiki.., donde llevé a cabo mi regresión. Pensé que lo cogía con el propósito de inspirarme para mis ficciones. Ahora ya no estoy tan segura.

En la tercera iniciación de reiki, empecé a visualizar, obviamente en mi cabeza, centenares de ruinas, columnas bajo el agua. Las asocio a mi compañera Bea, que hizo reiki nivel II y III conmigo. ¡Bea, un saludo para ti desde estas líneas!

Mañana parto para Tenerife. Siento que tengo que ir otra vez allá. Cada vez que Plutón me golpea duro, acabo en Canarias, y no sé por qué. Quiero ver con mis propios ojos las Pirámides de Güimar, que aún no conozco.

Ya os contaré si me topo con algo extraño... Ya os pondré al tanto de mis "aventuras".

En unos cinco días volveré a estar con todos vosotros.

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P.D: practico buceo recreativo desde hace unos 7 años... He visto cantidad de pedruscos bajo las aguas, de muy diversos tamaños; con algas o sin ellas; con madréporas y esponjas o sin ellas; con corales o sin ellos. Y la verdad, jamás he visto cosas tan raras como las que se ven en esa fotografía de más arriba.

Serán alucinaciones o, como algún hijo de Mercurio dice, mi tremenda necesidad de creer XDDD.., de creer en lo que creo que ya creo: aunque suene redundante.

No digo yo que no. A vosotros os corresponde juzgar.., no sólo todo esto.., sino la claridad y salud, o no, de mis circuitos cerebrales.

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“Jamás se ha conquistado un corazón por la fuerza”.
Molière.


Perdí la noción del tiempo, perdí la noción de la realidad y de la lógica que acompaña a todos los seres humanos, siempre y cuando no se aventuren más allá de los límites de lo natural y cotidiano. La locura se abrió paso, y todo lo conocido, todo lo rutinario, llegó a su fin. El mundo real se desvaneció por completo. Viajamos en un coche oscuro, por una carretera oscura, y mi corazón, que daba saltos en mi pecho, no quería apaciguarse… Jorge, en silencio, miraba a la oscuridad fijamente, como si quisiera penetrarla con sus pupilas. En ningún momento sentí temor: es como si algo o alguien me hubiera abducido, y mi voluntad, de natural firme, se hubiera quebrado, hecho añicos en mil cristales del tamaño de un electrón. Creo que sentí auténtico morbo, que me atraía poderosamente el misterio de todo aquel embrollo en el que, sin pretenderlo, me había metido.

No sé, ya lo he dicho, cuánto tiempo paso… Pero de repente, como si saliera de una ensoñación, me percaté de que el automóvil se había detenido.

- ¿Dónde estamos?
- En Amnisos. Ven.

Salimos a la plena oscuridad, porque centenares de nubarrones amenazadores habían cubierto las estrellas. Si era Amnisos de verdad, nos encontrábamos al norte de Creta, en una zona costera en la que, en la antigüedad, se situaba el puerto del palacio de Knossos. Así pues, Jorge sólo había conducido durante unos 7 kilómetros, aunque a mi me pareció que nuestro viaje se remontaba a la noche de los tiempos.

El joven oteó los alrededores, como si esperara encontrarse algo, o como si pensase que alguien podía habernos seguido. Yo no veía prácticamente nada, en aquella oscuridad sin luna y con aquel tiempo que se estaba poniendo frío de verdad. Me hizo una seña ciertamente autoritaria, como para que le siguiera, y eso me hizo recuperarme. Me crucé de brazos y me negué a obedecerle a ciegas.

- Me has dicho que un hombre nos amenazaba, me has arrastrado carretera adelante hasta Amnissos, sin decir una palabra, y ahora pretendes que te siga por los acantilados. Debo estar rematadamente loca, pero no pienso dar un paso más sin que me expliques quién eres realmente y qué está sucediendo. Sólo te lo pediré una vez, y si no me satisfaces, me marcharé para siempre.

Oí cómo suspiraba, vuelto de espaldas.

- Correcto todo, menos una cosa: yo no he dicho que un hombre nos amenazara.
- ¿Me estás llamando mentirosa?
- Yo he dicho, exactamente, que el guardián de la Casa Quinta nos amenazaba.
- ¡Ah!¡Muy buena aclaración, sin duda!

Me senté en un pedrusco y me limité a esperar. No pensaba irme de allí con aquella intriga sin resolver.

- Nosotros somos los hijos de Minos, los señores malditos de los volcanes.

¡Alucinante! Aquel joven agraciadísimo, cuyo temperamento oscilaba entre la seducción más galante y las maneras más siniestras, era “un hijo de Minos”, alguien perteneciente a una hermandad de “señores malditos”, relacionados con erupciones volcánicas y con sarcófagos perdidos; además, buscaba el Cetro del legendario rey, que en realidad era una llave para abrir los infiernos, el Hades, mientras huía por las calles de Heraklion, perseguido por un sujeto cuyo apelativo era “el guardián de la Casa V”… Todo muy claro, todo muy natural.

- Vas mal encaminado, Jorge. No vas bien, no.

Él me tendió la mano, conciliador.

- Si me acompañas a la gruta, te lo iré contando por el camino. Necesito tu ayuda.
Me negué a darle la mano, pero le seguí. Encontró una especie de escalerilla tallada en la roca del acantilado, que tenía unos filos como de auténticas cuchillas, por lo que me cuidé mucho de tropezar en el descenso. Bajábamos rápidamente hacia el mar, que se había vuelto loco también, por lo embravecido. Casi al borde del océano, cuando las salpicaduras del agua ya empezaban a convertirse en rociadas preocupantes, Jorge se introdujo por una oquedad increíblemente estrecha. A mi me costó bastante penetrar a través de ella. Estaba absolutamente subyugada por la narración fantástica que el joven iba desgranando, como había prometido, según avanzábamos, con su extraño acento que me hacía difícil la comprensión.

- Ésta gruta ha sido un lugar de enterramiento desde tiempos inmemoriales. Mi pueblo, que es tu pueblo, aunque aún no lo sepas, siempre ha vivido cerca del mar, preferentemente en islas. Llevamos la necesidad de la brisa y de la sal en nuestra sangre. Hemos recorrido los mares de todo este planeta desde hace milenios. Pero una antigua maldición de los dioses marca nuestras eras con sangre y fuego: cada 1000 años, una explosión volcánica destruye nuestro hogar y obliga a los supervivientes a buscar un nuevo territorio donde vivir.
- ¿Qué yo no sé mi nacionalidad?
- Espera y escucha. La isla de Tera sufrió este mismo destino. La Atlántida, cuna de los poderosos pueblos del mar, también. Hemos destruido las islas que se hayan más allá de las Columnas de Hércules con nuestra sola presencia, y el continente de Lemuria se hundió en las aguas cuando sus hijos, sabios y prudentes, decidieron acogernos hace miles de años.

La escalera se retorcía como una serpiente enroscada sobre sí misma que no tuviera ni principio ni final. La gruta, amplia en su parte más baja, dejaba penetrar el mar en su interior. Jorge y yo avanzábamos por un repecho rocoso, sin barandilla, expuesto completamente a la furia de la marea. Avancé medrosa por él, intentando no quedarme atrás.

- Desde que la maldición cayó sobre nosotros, los hijos de Minos hemos tratado de hacer todo lo humanamente posible, por todos los medios a nuestro alcance, para lograr desvanecer su poder. Estamos hartos de vagar y vagar por todo el globo terráqueo, sin esperanza y sin consuelo. Así, intentamos comprender todo lo posible sobre el mecanismo que pone en marcha las erupciones volcánicas. El fuego, que nos es afín, es sin embargo nuestro principal enemigo. Ahora, nos refugiamos en la Isla de la Reina Muerte, un lugar escondido, tan maldito como nosotros, y desde el cual intentamos recuperar la paz, que nos es tan esquiva.
- Vaya nombrecito…
- Algunos lemurianos, supervivientes del cataclismo que también arrastró a su pueblo, nos ayudaron en el pasado. Ahora, todos ellos han muerto, pero la luz de su ciencia sigue brillando y dándonos esperanza. Sobre todo, nos gustaría dominar el poder del corazón y controlar, con su energía, al alma de la Tierra y, por lo tanto, la actividad volcánica, entre otras muchas cosas. El corazón controla el alma, el alma controla la mente, y la mente puede controlar la materia.
- ¿El poder del corazón?

Jorge calló de repente. Frente a nosotros, la gruta se abría en terreno ya seco, y una especie de puerta, incrustada en la roca y de apariencia ciclópea, se interponía en nuestro camino. Frente a este umbral me sentí muy pequeña, y muy cansada también. Mi acompañante la miraba con reverencia, como si estuviera en presencia de un dios, en vez de frente a unas simples ruinas.

- Eso he dicho: el poder del corazón. Lemuria guardaba en su seno el secreto de los grandes milagros, el que más nos acerca a los dioses. Pero el secreto ya no está sobre la tierra.
- ¿Ah, no?
- No: está debajo.

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