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miércoles, 10 de diciembre de 2008

En memoria de Pin

Él era el más pequeño, y también el más cercano... Al que yo más quería. Inteligente como pocos, con unas características físicas curiosísimas (era lo que en la jerga periquitil se llama "un lutino"); más pequeño de lo normal, y con un canto impresionante. De potentes y ricos matices.

Le compré en una tienda hace muchos años ya, unos 14, en compañía de Pon. Una periquita arisca que nunca fue su real compañera; ella era muy vieja, y murió mucho antes que él. Entonces le proporcioné a Lluvia: una periquita dulce, de color amarillo, preciosa.., a la que nos esforzamos por salvar de una enfermedad diarreica que se la llevó. Luchamos y luchamos.., pero no pudimos hacer nada por salvar su vida. Entonces él se quedó solo, y yo le proporcioné tres compañeros más: dos machos y una hembra. Porque él estaba triste, ya que con Lluvia sí que había forjado reales lazos de pareja.

Al principio los nuevos le pegaban, porque él siempre fue más pequeño que el resto... Luego, se hizo amigo de uno de los machos, un albino, y las cosas mejoraron. La otra pareja tuvo descendencia.., una descendencia de la que no fui capaz de desprenderme, así que llegué a sumar 8 periquitos. Su vida empezó a ser más amable, más feliz: eran como una bandada. Los periquitos son bichos sociables: nunca, jamás los tengáis solos, en pareja como mínimo. Ya que sufren mucho con la soledad.

Como al resto, le abría la jaula para que volaran libres por la habitación. No soporto ver animales con alas (o sin ellas) encerrados. Va contra mi esencial naturaleza, y me enferma. Así que montaban (y siguen montando) unas de cuidado cuando les suelto. Pin, mi pequeño lutino, fue el único que conseguí que se subiera a mi mano para comer. Me tenía una gran confianza, me miraba con sus ojos inteligentes y siempre sabía que le defendía del resto cuando era necesario. Era.., es, mi preferido. Siempre lo será.

Antes de ayer apareció muerto por la mañana en el fondo de la jaula. Se lo llevó la vejez, me temo. Ellos no dan nunca muestras de agonía: se van como los gatos, dignos, en silencio, sin quejas. Sin dar señal de estar malitos. Ójala las personas supiéramos abandonar la vida con tanto honor.

Lloré mucho ayer, y sigo haciéndolo, porque le quería... Porque era especial, porque una vez se me escapó y gracias a la ayuda de un bienintencionado señor, logré capturarlo en un seto espinoso en el que se había metido, muy cerca de mi casa. Me llené los brazos de heridas intentando recuperarle, pero mereció la pena. Me dio mucha alegría con su canto siempre potente, vital, hermoso. Lo único que siento es no haber estado allí cuando se fue, ya que aún andaba por Canarias. No es la primera vez que me ocurre: el no poder estar al lado de los que amo, cuando ellos se marchan. Eso me dolió terriblemente, porque me recordó otras cosas, otros tiempos.., otras penas intensas que aún resuenan en mi alma.

A veces me preguntan, desde el punto de vista de la teoría de la reencarnación, si los animales tienen alma, y en qué se convierten cuando se van.., en caso de que se conviertan en algo. No puedo dar una respuesta racional ni científica a esas preguntas. Creo que sí, que tienen alma, porque de esa manera lo siento; también que tienen un carácter específico, porque sé que sufren y sienten como nosotros, y que también aman y odian como nosotros.

El Kybalion proclama la Ley de Uno, a la que sirvo... Todos somos uno. Por ello, considero que Pin también entra en ese orden de cosas que rige nuestro universo. Así lo comprendo, y así lo proclamo, igualmente, yo.

Pin.., donde quiera que estés, yo te añoro y te quiero. He comprendido que la mayor parte de nuestros problemas derivan de nuestra incomprensión real del amor, así como de la necesidad que tenemos de enmarcarlo dentro de los límites de la materialidad. Pero ése es precisamente nuestro trabajo: traer el amor divino a la tierra. ¿Qué queréis, qué podéis hacer con vuestro amor?

En el día de hoy, yo lo expreso así; un gran amor desde mi corazón abierto para Pin, mi pequeño periquito, que se fue de mi lado el mismo día que mi padre: un 8 de diciembre. Mientras yo, en Tenerife, repentinamente me acordé de él al ver una figura de resina que estuve a punto de comprar. Paradójico, ¿no es cierto? La figura de un periquito igualito que Pin, con un termómetro pegado a la caña sintética sobre la que se apoyaba...

Es inevitable que, desde nuestra humanidad, a veces no tengamos más remedio que sentir aversión hacia ciertas sincronías.

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